El actual modelo de negociación colectiva del Sector de Limpieza de edificios y locales está haciendo aguas. Cada nuevo proceso negociador que se abre en cualquier territorio viene acompañado de una tensión, a nuestro juicio, absolutamente innecesaria.
Las patronales del sector Aspel y Afelin y sus asociados han convertido la negociación colectiva en un ejercicio de desgaste permanente. No existe un criterio común ni una visión de conjunto. Dependiendo de la provincia y de la empresa que tenga un mayor peso en cada asociación empresarial, se defienden posiciones que, en muchos casos, son radicalmente opuestas a las que se mantienen en otros territorios.
Es cierto que cada convenio provincial tiene una realidad propia y unas condiciones diferentes, fruto de su propia historia negociadora. Pero también es cierto que deberían existir unos mínimos comunes que permitieran alcanzar acuerdos razonables y evitar conflictos permanentes.
El problema de fondo es mucho más profundo. Hemos pasado de ser un sector esencial e imprescindible, algo que quedó acreditado durante la pandemia, a convertirnos en un sector en el que la única prioridad parece ser mantener el coste más bajo posible. La patronal ha dejado de hablar de calidad, de profesionalidad y de servicio para centrarse exclusivamente en la reducción de costes.
Y la pregunta es sencilla: si somos un servicio esencial, ¿por qué el mercado sigue funcionando sobre la base del precio más bajo y no del precio justo?
Las empresas deberían ser las primeras interesadas en defender la dignidad del sector, el valor del servicio que prestan y el reconocimiento de sus profesionales. Sin embargo, demasiadas veces ocurre lo contrario.
Las consecuencias están siendo devastadoras. Este año, cada proceso abierto ha terminado en conflictos o muy próximo a él, con convocatorias de huelga en varios convenios y con situaciones tan extremas como los quince días de huelga vividos en algunos territorios para alcanzar acuerdos salariales absolutamente razonables. ¿Va a ser esta la tónica de cada proceso?
Todo ello genera una enorme inseguridad para las empresas usuarias y para las administraciones públicas, que son, además, el principal cliente del sector. Pero también pone en riesgo la adecuada prestación de un servicio esencial para la ciudadanía.
A esta situación se añade otro problema de enorme gravedad.
Las patronales siguen ancladas en un modelo de negociación trasnochado en el que únicamente se discute sobre cuestiones económicas y, para mayor provocación, se pretende retroceder en derechos conquistados durante décadas por las personas trabajadoras.
Pretenden mantener a miles de trabajadoras y trabajadores en condiciones económicas cercanas a la pobreza. Y hablamos, además, de un colectivo mayoritariamente femenino, con un elevado porcentaje de jornadas parciales involuntarias y enormes dificultades para conciliar su vida laboral y familiar. Detrás de cada nómina hay una familia. Hay alquileres que pagar, hipotecas, hijos y proyectos de vida. La dignidad de las personas trabajadoras no puede seguir siendo la variable de ajuste de un sector que continúa compitiendo a la baja.
Porque el verdadero problema comienza mucho antes de la negociación colectiva. Empieza en las licitaciones y en los concursos. Las propias empresas del sector compiten entre ellas rebajando precios hasta límites insostenibles. Y cuando los números no salen, quienes terminan pagando las consecuencias son los trabajadores.
Se reducen jornadas, se incrementan las cargas de trabajo, se producen traslados entre centros y se exige hacer más en menos tiempo. El resultado es evidente: mayor fatiga, peores condiciones laborales y, finalmente, una pérdida de calidad en la limpieza e higienización de los centros.
Las patronales suelen señalar la Ley de Desindexación o la normativa de contratación pública como responsables de la situación. Sin embargo, la realidad es que los concursos siguen adjudicándose y rara vez quedan desiertos. Si un contrato no es viable económicamente, las empresas tienen mecanismos para denunciarlo y, sobre todo, la posibilidad de no concurrir a él.
Pero siempre hay alguien dispuesto a asumir el riesgo, aunque ello termine generando problemas de viabilidad empresarial y repercuta directamente sobre las plantillas.
Ha llegado el momento de cambiar el modelo
Un sector esencial no puede sostenerse sobre salarios de pobreza. Un sector imprescindible no puede funcionar a costa de la precariedad de sus profesionales. Y un servicio del que dependen hospitales, centros de salud, colegios, residencias, aeropuertos, oficinas y miles de centros de trabajo no puede seguir siendo tratado como un coste más.
La dignificación del sector empieza por reconocer el valor de quienes lo hacen posible cada día: sus trabajadoras y trabajadores.
Son ellas y ellos quienes, con su esfuerzo y profesionalidad, garantizan que todos esos centros puedan desarrollar su actividad en condiciones de higiene y salubridad adecuadas.
Por respeto a esas personas, por responsabilidad empresarial y por el interés general, es imprescindible abrir una nueva etapa basada en un modelo de negociación colectiva moderno, responsable y comprometido con el empleo digno, la calidad del servicio y el reconocimiento de un sector que ha demostrado, una y otra vez, que es tan esencial como imprescindible.
Imagen Freepik



