El actual modelo de negociación colectiva del Sector de Limpieza de edificios y locales está haciendo aguas. Cada nuevo proceso negociador que se abre en cualquier territorio viene acompañado de una tensión, a nuestro juicio, absolutamente innecesaria.

Las patronales del sector Aspel y Afelin y sus asociados han convertido la negociación colectiva en un ejercicio de desgaste permanente. No existe un criterio común ni una visión de conjunto. Dependiendo de la provincia y de la empresa que tenga un mayor peso en cada asociación empresarial, se defienden posiciones que, en muchos casos, son radicalmente opuestas a las que se mantienen en otros territorios.

Es cierto que cada convenio provincial tiene una realidad propia y unas condiciones diferentes, fruto de su propia historia negociadora. Pero también es cierto que deberían existir unos mínimos comunes que permitieran alcanzar acuerdos razonables y evitar conflictos permanentes.

El problema de fondo es mucho más profundo. Hemos pasado de ser un sector esencial e imprescindible, algo que quedó acreditado durante la pandemia, a convertirnos en un sector en el que la única prioridad parece ser mantener el coste más bajo posible. La patronal ha dejado de hablar de calidad, de profesionalidad y de servicio para centrarse exclusivamente en la reducción de costes.

Y la pregunta es sencilla: si somos un servicio esencial, ¿por qué el mercado sigue funcionando sobre la base del precio más bajo y no del precio justo?

Detrás de cada nómina hay una familia. Hay alquileres que pagar, hipotecas, hijos y proyectos de vida. La dignidad de las personas trabajadoras no puede seguir siendo la variable de ajuste de un sector que continúa compitiendo a la baja.

Porque el verdadero problema comienza mucho antes de la negociación colectiva. Empieza en las licitaciones y en los concursos. Las propias empresas del sector compiten entre ellas rebajando precios hasta límites insostenibles. Y cuando los números no salen, quienes terminan pagando las consecuencias son los trabajadores.

Se reducen jornadas, se incrementan las cargas de trabajo, se producen traslados entre centros y se exige hacer más en menos tiempo. El resultado es evidente: mayor fatiga, peores condiciones laborales y, finalmente, una pérdida de calidad en la limpieza e higienización de los centros.

Las patronales suelen señalar la Ley de Desindexación o la normativa de contratación pública como responsables de la situación. Sin embargo, la realidad es que los concursos siguen adjudicándose y rara vez quedan desiertos. Si un contrato no es viable económicamente, las empresas tienen mecanismos para denunciarlo y, sobre todo, la posibilidad de no concurrir a él.

Pero siempre hay alguien dispuesto a asumir el riesgo, aunque ello termine generando problemas de viabilidad empresarial y repercuta directamente sobre las plantillas.

Ha llegado el momento de cambiar el modelo.Un sector esencial no puede sostenerse sobre salarios de pobreza. Un sector imprescindible no puede funcionar a costa de la precariedad de sus profesionales. Y un servicio del que dependen hospitales, centros de salud, colegios, residencias, aeropuertos, oficinas y miles de centros de trabajo no puede seguir siendo tratado como un coste más.

La dignificación del sector empieza por reconocer el valor de quienes lo hacen posible cada día: sus trabajadoras y trabajadores.

Son ellas y ellos quienes, con su esfuerzo y profesionalidad, garantizan que todos esos centros puedan desarrollar su actividad en condiciones de higiene y salubridad adecuadas.

Por respeto a esas personas, por responsabilidad empresarial y por el interés general, es imprescindible abrir una nueva etapa basada en un modelo de negociación colectiva moderno, responsable y comprometido con el empleo digno, la calidad del servicio y el reconocimiento de un sector que ha demostrado, una y otra vez, que es tan esencial como imprescindible.