A pesar de los avances institucionales, las futbolistas de élite denuncian un sistema de «castas» en las filiales, vacíos críticos en la protección de la maternidad y una brecha económica que frena su consolidación social.
El fútbol femenino en España libra su batalla más difícil fuera de los terrenos de juego. El primer gran obstáculo es estructural y de percepción pública: a la sociedad actual todavía le cuesta asimilar la categoría femenina como un espectáculo digno de consumir por el espectador medio. Esta resistencia cultural genera un círculo vicioso. Al no existir un público consolidado, la inversión económica de patrocinadores e instituciones no es comparable a la que recibe el fútbol masculino, como tampoco lo es el interés de los medios de comunicación y el valor de los derechos televisivos, que seguirán estancados.
Y no se trata solo de una cuestión de ingresos, sino de un planteamiento de base: sin una apuesta económica simétrica, la equiparación de los derechos laborales nunca partirá desde el mismo punto de equilibrio. Aunque ha habido compañeros al lado en el camino, el ímpetu real de mejorar y de conquistar nuevos derechos siempre ha tenido que ser guiado y batallado por las propias mujeres. Por ello, resulta imprescindible ponerle nombre a cada una de estas situaciones y combatir de frente el techo de cristal.
La profesionalización del fútbol femenino no puede limitarse a una simple mejora en las tablas salariales
Tomando como base obligatoria el modelo del fútbol masculino, el verdadero reto pasa por equiparar las condiciones globales. Las futbolistas y los sindicatos reclamamos una transformación profunda en la gestión de los clubes. Esto implica exigir el mismo trato, rigor y seriedad a la hora de realizar las contrataciones. Profesionalizar es, por encima de todo, dignificar los procesos burocráticos y contractuales para eliminar cualquier atisbo de improvisación e informalidad en los despachos.
Una de las denuncias más graves que esconde el día a día de los clubes es la enorme brecha existente entre las jugadoras del primer equipo y las de la filial. Esta situación, regulada en el convenio colectivo de aplicación, crea una suerte de sistema de «castas» laborales. La singularidad de la norma estipula que las futbolistas no disfrutan de los mismos derechos básicos según el número de partidos para los que hayan sido convocadas. Para que una jugadora de la filial pueda estar amparada por el paraguas de protección del convenio, se le exige haber sido convocada a un mínimo de 10 o 12 partidos.
Lo más urgente ahora mismo es equiparar la situación de las futbolistas que no se encuentran de forma habitual en el equipo titular. Si estas mujeres están realizando las mismas horas de entrenamiento, la misma cantidad de trabajo y el mismo nivel de esfuerzo, deben ser tratadas como iguales a todos los efectos, independientemente de si entran o no en la lista final del fin de semana. Para erradicar esta vulnerabilidad, debemos exigir que se elimine definitivamente la barrera numérica recogida en el convenio.
Este escollo fue clave para que, en octubre de 2024, UGT decidiera finalmente no secundar el nuevo preacuerdo. El rechazo se fundamentó en que la no incorporación de cuestiones sustanciales —tales como el ámbito personal, el calendario laboral, el Fondo de Garantía, el premio de antigüedad o la lista de compensación— significaba perpetuar la enorme brecha existente respecto a los derechos ya consolidados en los convenios del fútbol masculino. Aquellas jóvenes promesas sin capacidad de negociación individual quedan, por tanto, excluidas de los derechos laborales más elementales.
Asignaturas pendientes: “maternidad y conciliación”
El análisis detallado del texto convencional saca a la luz carencias alarmantes en materia de maternidad. Si bien el convenio recoge el derecho a la renovación automática del contrato para la siguiente temporada, introduce una condición temporal estricta: el embarazo debe producirse exclusivamente durante la vigencia de la temporada actual. Si los tiempos no coinciden de forma exacta, la futbolista pierde esta protección.
El marco legal vigente se queda corto y no garantiza una estabilidad contractual auténtica a largo plazo. Además, el texto ignora las particularidades físicas de las deportistas de élite. En la actualidad, el convenio sufre de los siguientes vacíos:
- Inexistencia de protocolos oficiales de readaptación física: No hay pautas médicas ni deportivas reguladas para el regreso seguro de la futbolista a la alta competición tras dar a luz.
- Falta de blindaje federativo: Las jugadoras carecen de una protección jurídica eficaz que evite la pérdida de su ficha federativa mientras se encuentran en periodo de gestación o baja maternal.
El Art. 43 del convenio colectivo aborda la conciliación familiar, pero lo hace desde una perspectiva puramente material que choca con la realidad del día a día. El documento prevé la creación de infraestructuras físicas necesarias, tales como guarderías en las instalaciones y salas de lactancia para las madres. Sin embargo, el avance se detiene ahí.
El texto fracasa por completo a nivel organizativo y logístico. Las futbolistas se encuentran con clubes que ofrecen espacios físicos, pero que no aplican ninguna flexibilidad horaria en sus dinámicas de trabajo. Tampoco se contempla una adaptación real de las cargas y horarios de los entrenamientos que permita a la deportista compaginar de forma efectiva la exigencia física con el cuidado directo del menor. La conciliación se convierte así en una declaración de intenciones plasmada sobre el papel, pero ineficaz en la práctica diaria de los equipos.
Desde FeSMC-UGT seguiremos reivindicando los derechos del fútbol femenino en España con el fin de erradicar la precariedad laboral, mejorar los salarios mínimos y blindar la negociación colectiva frente a la profunda brecha que aún separa a las jugadoras de las categorías masculinas.
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