Vivimos en una realidad tensionada hasta el límite. Basta con asomarse a ciertos espacios mediáticos, principalmente televisivos, para comprobar cómo la información se diluye en espectáculo (infotainment) y cómo el análisis se sustituye por una tertulia acelerada, superficial, en la que opinan quienes saben de todo un poco y de nada en profundidad. En ese panorama, el pensamiento crítico retrocede, desplazado por el factor emocional, que busca impacto inmediato, no comprensión. Y así, entre titulares urgentes y diagnósticos exprés, vamos configurando una percepción del mundo que no siempre se corresponde con la realidad, sino con su faceta más tremendista. Eso está sucediendo con la información que se está ofreciendo del conflicto bélico en Oriente Próximo: constantemente estamos analizando las consecuencias, pero no tanto las causas.
Un enfoque budista
Quizás por eso conviene detenerse e introducir una mirada distinta, menos reactiva. Y aquí, lector, lectora, me vas a permitir lo que a tu juicio quizás parezca una excentricidad: introducir el pensamiento budista. Esta filosofía nos puede ofrecer algunas claves, porque no es una doctrina religiosa sino una herramienta de observación y análisis. Sus enseñanzas –que son las del Buda– afirman que buena parte del sufrimiento surge por nuestra incapacidad para aceptar la realidad tal cual es, de la tendencia a interpretarla desde el “ego”, en ese diálogo interno y constante con nosotros mismos que juzga, clasifica y reacciona constantemente. Entre el apego a lo que deseamos y la aversión a lo que rechazamos, vamos construyendo una percepción distorsionada, profundamente emocional y, a menudo, poco lúcida. Y quizás, precisamente por eso, ha llegado el momento de alejarse del lamento permanente y el relato emocional –ese que una mayoría de medios alimentan sin descanso anunciando escenarios de una supuesta tercera guerra mundial– para empezar a situarnos en otro plano: el de la responsabilidad colectiva, el de las decisiones que, desde la ética, la empatía y la solidaridad pueden contribuir a cambiar el rumbo. Porque frente al ruido y al miedo –la “doctrina del shock”, de Naomi Klein–, también existen ejemplos de cooperación y de compromiso, como el que está mostrando España y otros países que comienzan a alinearse en esa dirección, que demuestran que se puede, y se debe, conformar una posición desde la ética y la razón.
Todo hecho tiene su causa (y su consecuencia)
Siguiendo con las enseñanzas del Dharma –del pensamiento budista–, nuestras acciones, palabras y procesos mentales tienen consecuencias (positivas, negativas y neutras). Y a esto lo llaman “karma”, una relación de causa y efecto que atraviesa el plano individual y el colectivo. Y es aquí donde esta reflexión, aparentemente abstracta, se conecta con lo político.
Entre el apego a lo que deseamos y la aversión a lo que rechazamos, vamos construyendo una percepción distorsionada, profundamente emocional y, a menudo, poco lúcida
Porque si invertimos la lógica y vamos del efecto a la causa, el actual escenario internacional, marcado por conflictos bélicos en Ucrania o en Oriente Próximo, no puede explicarse únicamente por la acción de determinados líderes y sus nefastas decisiones unilaterales. Es también el resultado de decisiones colectivas, de marcos ideológicos aceptados socialmente, de una progresiva normalización de discursos que deterioran la convivencia y banalizan el conflicto. Y aquí surge una paradoja obvia: muchos de esos liderazgos han sido elegidos por ciudadanos y ciudadanas en procesos electorales democráticos. La historia ya nos ofreció ejemplos dramáticos de esta posibilidad, como el ascenso de Adolf Hitler y del nazismo en Alemania, que también encontró respaldo en las urnas antes de convertirse en una maquinaria totalitaria de destrucción masiva. Comprender esta realidad obliga a mirar más allá de los nombres propios (Trump, Putin, Netanyahu…) y hacer algo de autocrítica como sociedad.
La ética en política
En este punto conviene diferenciar dos conceptos que a menudo se confunden: la moral y la ética. La primera responde a normas asumidas en contextos históricos concretos, a consensos sociales que evolucionan con el tiempo. La segunda, sin embargo, remite a un marco más profundo, más estable, que aspira a la idea natural del bien, a la distinción entre aquello que es correcto, y lo que no lo es, en el comportamiento humano. Y aunque toda ética puede parecer, en cierto modo, aspiracional, hay límites que no admiten matices. Y uno de ellos es la guerra, el sufrimiento deliberado, la destrucción como herramienta política, una acción que no puede justificarse desde ninguna lógica que pretenda ser humanamente aceptable.
Si vamos del efecto a la causa, el actual escenario internacional, marcado por conflictos bélicos en Ucrania o en Oriente Próximo, no puede explicarse únicamente por la acción de determinados líderes y sus nefastas decisiones unilaterales
La guerra es, en sí misma, un fracaso. No hay en ella nada que pueda ser reivindicado como avance. Y, sin embargo, asistimos a un tiempo en el que el lenguaje bélico se normaliza, en el que el conflicto se convierte en herramienta geopolítica y en el que los liderazgos internacionales parecen moverse más por impulsos de poder que por una voluntad real de entendimiento y de búsqueda del interés general.
Platón entendía la política como el arte de gobernar con sabiduría a través del liderazgo de un “rey-filósofo”. Hoy sobran reyes y faltan pensadores. Sobran figuras que ejercen el poder desde el “ego” y escasean aquellas que lo hacen desde la humildad, la reflexión, la ética y, por qué no, desde una cierta dimensión espiritual entendida como consciencia de “el Otro”, un concepto acuñado por el periodista e intelectual Richard Kapuscinski, quien señalaba que históricamente, ante un extraño, el hombre ha reaccionado con la guerra, el aislamiento o el diálogo. Lamentablemente, las dos primeras son las naturales en estos tiempos por parte de quienes gobiernan el mundo.
Antes que buenos líderes, buenas personas
Y es que, como sociedad, hemos descuidado algo esencial: la calidad humana de quienes toman las decisiones desde los núcleos de poder. Porque cuando el liderazgo se vacía de contenido ético, cuando se desconecta de la reflexión y de la empatía, el resultado es devastador. Debemos replantearnos, pues, a quiénes elegimos para gobernarnos. Puede parecer simplista, pero es importante, vital, que elijamos a buenas personas. No podemos permitirnos liderazgos que desprecian el pensamiento racional o toman decisiones políticas alejadas de cualquier principio humanista.
Debemos exigir que quienes gobiernan lo hagan desde la capacidad política pero, sobre todo, desde la responsabilidad ética (tal vez debamos reforzar nuestras democracias con filtros más exigentes para ejercer la res publica). Para ello, cada uno de nosotros debemos hacer pedagogía en nuestro ámbito privado (especialmente con nuestros hijos e hijas) y hacer entender a otros que determinadas ideologías, determinados liderazgos, determinados discursos fomentan el odio y son premonitorios del caos. Porque la «teoría del caos» afirma que pequeñas variaciones en un sistema dinámico pueden generar grandes cambios en su comportamiento futuro (como un efecto bola de nieve). Y hay conflictos que empiezan así, por palabras y mensajes aparentemente inocuos que por una relación causa-efecto (recordad el “karma”) terminan evolucionando hacia la catástrofe.




