El liderazgo de las mujeres es una condición necesaria para construir sociedades más justas, democráticas y capaces de resolver sus conflictos desde el diálogo y la empatía, posiciones contrarias a la violencia y el unilateralismo. En tiempos de incertidumbre global, ese liderazgo se revela más necesario que nunca.

De todos los asuntos que podríamos abordar cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, quisiera reflexionar, en esta ocasión, sobre el papel que las mujeres desempeñan en la evolución de nuestras sociedades desde posiciones de poder.

En los últimos años se viene hablado, cada vez más, del liderazgo femenino en el ámbito empresarial, político y social. Y los datos comienzan a mostrar avances que, sin embargo, aún resultan insuficientes.

Esta semana se ha publicado en distintos medios que las mujeres ya ocupan el 38 % de los puestos en los consejos de administración de las empresas cotizadas en España (IBEX-35), una cifra que acerca a nuestro país al objetivo del 40 % de representación equilibrada que fija la legislación europea. Es un progreso indudable, fruto en buena medida de las políticas de igualdad y de la presión social ejercida durante años por el movimiento feminista y por organizaciones sindicales como UGT.

Pero conviene hacer un matiz, porque ese avance sigue concentrándose en los órganos de supervisión, mientras que la presencia femenina continúa siendo mucho menor en los puestos ejecutivos y en la alta dirección de las empresas, es decir, allí donde se toman las decisiones en la gestión del día a día, las decisiones importantes. Lo que vemos es que las mujeres van ganando espacio en los lugares donde se orienta el rumbo de las organizaciones, pero aún queda mucho camino por recorrer para que ocupen en igualdad real los espacios de poder y decisión.

UGT reivindica el liderazgo de la mujer

Hace pocos días tuve ocasión de participar en la clausura de las jornadas “Las primeras de UGT”, en Azuqueca de Henares (Guadalajara), organizadas por nuestra federación en Castilla-La Mancha. En uno de los debates se abordó precisamente el liderazgo de las mujeres y la necesidad de seguir impulsándolo en todos los ámbitos: empresariales, institucionales y sociales. Esa misma reflexión también estuvo presente en el desarrollo de las jornadas confederales de UGT, celebradas esta semana, bajo el título “El futuro de las mujeres y el sindicalismo feminista”, donde se puso de manifiesto que el avance hacia sociedades más justas pasa necesariamente por reforzar el protagonismo de las mujeres en los espacios de toma de decisiones. Pues bien, todo lo anterior, tan obvio, sigue sin ser una realidad plena en la actualidad.

Y es que el liderazgo debe materializarse más allá de lo representativo, cuando se alcanzan ámbitos en los que la gobernanza y las decisiones adoptadas pueden cambiar la vida de la gente. La forma en la que se toman esas decisiones, las prioridades que se establecen y la manera de afrontar los conflictos están profundamente condicionadas por quienes ocupan los puestos de responsabilidad (qué mejor ejemplo que el actual presidente de EEUU, Donald Trump).

Una sociedad que limita la participación de las mujeres en sus espacios de liderazgo renuncia a una mirada imprescindible para afrontar los conflictos desde la cooperación, la negociación y la diplomacia

Y en un momento como el actual, marcado por una creciente inestabilidad internacional, esta reflexión viene muy al caso porque las guerras en Oriente Medio, Ucrania o la escalada de tensiones geopolíticas en distintos puntos del planeta nos recuerdan que el mundo atraviesa una etapa de incertidumbre en la que demasiadas veces la respuesta a los conflictos vuelve a ser la confrontación militar promovida desde la unilateralidad y despreciando la legalidad internacional, como han hecho Rusia, Estados Unidos o Israel.

Estructuras de poder masculinizadas

No es casual que, en muchos de estos contextos, las decisiones sigan estando en manos de estructuras de poder muy masculinizadas. La historia nos enseña que cuando el poder se concentra en modelos de liderazgo cerrados y poco diversos, las soluciones suelen inclinarse hacia la fuerza antes que hacia el diálogo.

Hay una frase atribuida al historiador griego Tucídides que ilustraba la fachada de un club de boxeo cercano a nuestra sede de UGT en la madrileña Avenida de América y que siempre me resultó ingeniosa y sesuda: “La sociedad que separa a sus intelectuales de sus guerreros hará que cobardes tomen las decisiones y tontos luchen las guerras». Quizás podríamos añadir hoy que una sociedad que excluye o limita la participación de las mujeres en sus espacios de liderazgo también renuncia a una mirada imprescindible para afrontar los conflictos desde la cooperación, la negociación y la diplomacia. ¡Y cuánta falta nos hace!

La historia nos enseña que cuando el poder se concentra en modelos de liderazgo cerrados y poco diversos, las soluciones suelen inclinarse hacia la fuerza antes que hacia el diálogo

No quisiera caer en simplificaciones ni generalizaciones, pero diría que la mujer es, por naturaleza, más pacífica, intuitiva y dialogante que el hombre. Por eso es tan importante que el liderazgo femenino avance no solo en el ámbito empresarial, sino también en la política, en las instituciones internacionales y en todos los espacios donde se deciden las grandes cuestiones que afectan a nuestras sociedades y a la vida de las personas.

Igualdad y liderazgo

Las organizaciones sindicales también tenemos una responsabilidad en este objetivo. Promover el liderazgo de las mujeres dentro de nuestras estructuras, garantizar su presencia en los órganos de dirección y gobierno, y situar la igualdad en el centro de la acción sindical es fundamental para construir un sindicalismo más representativo, más democrático y más eficaz. Y en ello estamos.

En sectores como los que representamos en FeSMC-UGT, donde trabajan millones de personas de los servicios privados, donde hay actividades muy feminizadas y otras más masculinizadas, sabemos bien que la igualdad real no se conquista solo con discursos, mensajes y campañas. Se construye, día a día, en la negociación colectiva, en los convenios, en los planes de igualdad, en los protocolos contra el acoso y en la defensa permanente de los derechos laborales de las trabajadoras en los centros de trabajo. Ese es el camino para construir y consolidar el liderazgo de las mujeres en aquellos ámbitos donde lo que se decide puede cambiar la realidad y contribuir a un mañana menos incierto.

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