Para abordar nuevamente la importancia de la negociación colectiva conviene hablar, tanto de sus puntos fuertes, como de los obstáculos y debilidades para poder entender a qué nos enfrentamos. Sin ánimo de parecer conspiranoicos, debemos hablar del diseño deliberado que genera corrientes de opinión contrarias sobre nuestra acción colectiva y que es aplaudida por algunas personas trabajadoras sin ser apenas conscientes de que van en contra de sus propios intereses. A este planteamiento erróneo se llega al pensar que la pérdida de derechos, en realidad, se trata y por muy contrasentido que parezca, de una liberación, ya que en el camino median muchos laberintos cognitivos y psicológicos para llegar ahí.

¿Cómo hacemos para que una persona trabajadora acepte lo que a la larga le perjudica?

En primer lugar, necesitamos reprogramar el significado de la palabra. Las nuevas teorías de la economía propositiva nos conducen a pensar que los shareholders, los tecno oligarcas y las élites no son nada sin la fuerza laboral, sin embargo, para ganar su particular batalla es necesario acudir a lo semántico, es decir, es cuestión de despojar de significado a la palabra.

Para modificar las reglas de este juego es necesario también que el sistema sea aceptado por la mayoría trabajadora, es decir, no el que les beneficia, sino el que les perjudica, llegando a celebrar su triunfo como si les fuera propio. ¡Vivan las cadenas!

Para todo ello, se necesita táctica y estrategia. Un diseño de precisión quirúrgica que nos rebane nuestro marco metal para vaciarlo y rellenarlo con sus postulados que, a fuerza de ser repetidos lo creeremos como si fuera la verdad absoluta, ya lo dijo Goebbels una mentira repetida cien veces terminamos por convertirla en verdad, por lo que la repetición se termina convirtiendo en dogma de fe.

Primero, se nos desafecta del componente ideológico como clase trabajadora. Esto ya lo inició Thacher y Reagan: no somos clase trabajadora, somos clase media, como si viviéramos de las rentas del capital. Para desafectarnos de la política y también del sindicalismo se nos vacía con distracción y se rellena con miedo, odio, polarización y orgullo patrio. El segundo paso, es crear un relato que se repite hasta que el hipocampo no pueda más y lo interiorice como único patrón.

¿Qué ocurre después?

Cambiamos el foco y ya somos capaces de aceptar cualquier postulado como un axioma irrefutable. Así es cómo cualquier pérdida de derechos, no son percibidos como tal, (véase Argentina). Es una obra de ingeniería social propia de cualquier programación mental. A modo de ejemplo, la persona trabajadora piensa que subiendo el SMI impedirá que el empresario en general genere mayor riqueza y, por ende, todos perderemos. Por tanto, si al empresario se le libera de esa atadura, a las personas trabajadoras también.

Y por qué ocurre esto?

Primero, a la palabra derecho se le cambia el nombre. Ahora pasamos a llamarle privilegio. El derecho se gana con la acción colectiva, pero uno se gana su privilegio de forma individual: tendré mi privilegio si me lo gano y así debe ser porque yo soy mejor que el otro. Si no obtengo mi privilegio, hecho bastante posible, desplazaré el odio, no a la persona, empresa o empleador que originó la pérdida de derechos, sino al otro, al que me ha robado mi privilegio. El concepto de justicia social ahora se convierte en mi justicia individual. Además, tras no conseguir mi privilegio, aparecerá la culpa. El individuo se frustra porque no puede responder a las expectativas y exigencias de “ese” guion. El giro es de película, pero además el guion necesita un antagonista y ahí emerge la figura del sindicalista porque el empleador es difuso, es un fondo de inversión, es un ente abstracto, pero el sindicato, conformado por personas que se parten el espinazo por mejorar los derechos de toda la clase trabajadora en su ámbito de actuación, es visible, y ya se han encargado previamente de verter sobre ellos y ellas el relato de que tienen los privilegios que a mí, trabajadora incansable, me faltan o eso resuena en las cabezas tras repeticiones incesantes. Hagamos un breve repaso histórico: hace años comenzó el acoso y derribo y como resultado el sindicato de clase ya no es la figura de los movimientos sociales del siglo pasado, la lucha de nuestros padres y madres, nuestros hermanos y hermanas y nuestros abuelos y abuelas.

La persona trabajadora sin sindicato de clase se queda sin su útil de defensa colectiva, así de contundente debe ser esta frase, porque sin herramienta colectiva, como son los convenios sectoriales, se le atiza otro golpe más al marco mental. La persona trabajadora sin su principal línea de defensa permite el paso a pseudo sindicatos que aplaudirán la pérdida de derechos, y en nuestro sector de la seguridad privada, nos suenan unos cuantos que vociferan soflamas en contra de nuestros propios intereses.

Ya hemos cambiado la palabra derecho por privilegio, entendiendo derecho colectivo por privilegio individual. Hemos eliminado la principal estrategia y línea de defensa como es el sindicalismo de clase. Ahora el gran golpe final: cambiaremos la palabra igualdad, por la palabra mérito. La meritocracia sustituye a la regulación que supone la firma de un convenio colectivo.

Resultado: Vivan de nuevo las cadenas. La justicia social se ha desprovisto de significado. Todo es gracias a mi esfuerzo.

¿Y qué pasará cuando necesite prestaciones sociales?, ¿y si me enfermo?, ¿y si necesito una jubilación anticipada?, ¿y si necesito conciliar o ejercer corresponsablemente con mi pareja para el cuidado de mis hijos e hijas?, ¿y si necesito mejoras salariales conforme al IPC?, ¿y si necesito tener los cuadrantes con anticipación suficiente?, ¿ampliaciones de pluses, por ejemplo, el plus de radioscopia aeroportuaria ampliado al personal de carga y correo aéreo de las instalaciones aeroportuarias?, ¿y si necesito mis tiempos de descanso?, ¿y mi desconexión digital?, ¿mejoras de condiciones como libranzas siguientes a festivos?, ¿y qué pasa con mi descanso de fines de semanas?

Aunque la formulación es un posesivo en primera persona, suponen mejoras de mis condiciones laborales, que no nos quepa ni la menor duda, solo podremos conseguirlas gracias a la acción colectiva, por lo que solo cabe hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos ser tan ingenuos?