
Fotograma de la película «La Colmena» (Mario Camus, 1982), adaptación cinematográfica de la novela homónima de Camilo José Cela.
La frase que encabeza este artículo la escribió el premio Nóbel español Camilo José Cela en su obra “La colmena” para retratar, sin contemplaciones, una España marcada por la miseria de la posguerra. Hoy, afortunadamente, el hambre ya no define la experiencia cotidiana de los españolitos. Sin embargo, existen otras verdades igualmente reales y tangibles, aunque se manifiesten de otra manera y afecten, principalmente, a las personas jóvenes. Ya no se sienten en el estómago, sino en la mente: la ansiedad de no llegar a fin de mes, la frustración de posponer indefinidamente proyectos personales, la tristeza de comprobar que el trabajo no garantiza estabilidad y la incertidumbre de enfrentarse a un futuro lleno de interrogantes. Luego nos sorprendemos de que uno de cada cuatro españoles tome somníferos, ansiolíticos o antidepresivos. Nos alarman las cifras, pero no nos preguntamos qué ocurre cuando una generación entera comprueba en primera persona que estudiar como una rata (de biblioteca) y trabajar a destajo ya no basta para acceder a una vivienda, emanciparse, formar una familia o desarrollar un proyecto de vida propio.
Hay verdades que «ya no se sienten en el estómago, sino en la mente: la ansiedad de no llegar a fin de mes, la frustración de posponer indefinidamente proyectos personales»
Esa realidad encuentra reflejo en los datos publicados por la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE) en su estudio Desajustes en el mercado de la vivienda en España. Según el informe, el 32,9% de los jóvenes se situaría en riesgo de pobreza una vez descontados los gastos de vivienda de su renta disponible. La cifra ilustra hasta qué punto el acceso a una vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de vulnerabilidad económica para una generación que, pese a estar más formada que las anteriores, afronta mayores dificultades vitales.
En este contexto, otra cosa que tampoco debería sorprendernos es que la tendencia creciente del voto joven hacia la ultraderecha, –personas que en muchos casos se han criado en barrios obreros y entre familias trabajadoras–, se haya convertido en un fenómeno político que tiene una clara explicación sociológica. Cuando el alquiler o la hipoteca absorben una parte creciente de los ingresos, anulando la capacidad de ahorro y ampliando la brecha entre ingresos y coste real de la vida, llega la desesperanza y una parte de los jóvenes empiezan a ser permeables a los cantos de sirena del populismo ultra, a sus propuestas facilonas para problemas complejos.
Me viene a la cabeza otro clásico literario español que me obligaron a leer en el instituto: “La busca”, de Pío Baroja. La novela retrata los barrios obreros madrileños de principios del siglo XX como espacios donde la pobreza no aparece como una realidad individual sino colectiva, una condición estructural que limita las oportunidades y condiciona el horizonte vital de los jóvenes de aquel período histórico en una ciudad como Madrid, en la que el protagonista, migrante de la España rural, termina descendiendo a los bajos fondos urbanos para buscarse la vida tras vagar de un empleo a otro, a cual más precario. Más de un siglo después, las circunstancias han cambiado, sí, pero persiste una sensación similar de estancamiento social para una parte de nuestra ciudadanía (?). Para muchos hombres y mujeres jóvenes, el acceso a una vivienda y la precariedad salarial se han convertido en una barrera que retrasa la emancipación y reduce el margen para tomar decisiones de futuro.
Estamos ante una élite que cada vez acumula más riqueza frente a un “precariado” que se forma, estudia, trabaja y gasta poco, pero no llega a fin de mes y comprueba, inerme, cómo el futuro les alcanza
Tras pagar el alquiler, el dinero restante debe destinarse prioritariamente a la cesta de la compra, las facturas de luz, agua, gas, el transporte y otros gastos esenciales. El ahorro es una quimera, y el acceso a una vivienda (en propiedad o alquiler), para muchos, una aspiración remota cuando no directamente inalcanzable. El resultado es una forma de precariedad estructural menos explícita que la descrita por los grandes novelistas sociales del pasado siglo, pero igualmente frustrante y limitante. En esencia la situación sigue siendo la misma: una élite que cada vez acumula más riqueza frente a un “precariado” que se forma, estudia, trabaja y gasta poco pero no llega a fin de mes y comprueba, inerme, cómo el futuro les alcanza.
Si el hambre fue una de las expresiones más crudas de la pobreza en la España de Cela o Baroja, la depresión emocional y la angustia existencial son hoy la manifestación contemporánea de la vulnerabilidad, la consecuencia natural de un sistema socio-económico hipercompetitivo, individualista y profundamente injusto que queda bien plasmado en la frase lapidaria de un de los filósofos de nuestro tiempo: “La sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados” (Byung-Chul Han).





