Vivimos tiempos extraños, hipócritas, para el mundo del trabajo. Quizás porque determinadas asociaciones empresariales siguen creyendo que el Diálogo Social es poco más que un ejercicio de comunicación corporativa, una escenografía útil para proyectar modernidad y responsabilidad social ante la opinión pública mientras, en la práctica, continúan defendiendo modelos laborales propios de tiempos pretéritos. Modelos sustentados en bajos salarios, jornadas interminables, disponibilidad permanente y una inquietante normalización de la precariedad en sectores que generan miles de millones de euros cada año.

La dignidad de decir «no«

Eso es exactamente lo que está ocurriendo en el sector del comercio textil y de grandes marcas agrupadas en la patronal ARTE. Y esa es la razón por la que FeSMC-UGT ha decidido convocar huelga en toda España el próximo 23 de mayo. La huelga nunca es la primera opción para UGT; nunca lo ha sido. La huelga se convoca cuando la negociación se bloquea o cuando determinadas líneas rojas amenazan con cruzarse de manera irreversible. Precisamente porque creemos en la negociación colectiva, en el acuerdo y porque seguimos convencidos de que aún existe margen para mejorar salarios, condiciones laborales y calidad de vida de las personas trabajadoras del sector, hemos decidido decir basta al actual estado de cosas. Y es que hay momentos en los que firmar cualquier documento solo para exhibir una imagen fija de supuesto consenso termina siendo una renuncia a los principios. Lo nuestro no va de «estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros». UGT no se vende. Pero, sobre todo, UGT no vende a los trabajadores y las trabajadoras.

«Determinadas asociaciones empresariales siguen creyendo que el Diálogo Social es poco más que un ejercicio de comunicación corporativa, una escenografía útil para proyectar modernidad»

Resulta difícil comprender cómo en un sector caracterizado por enormes beneficios empresariales, expansión comercial constante y estrategias de consumo masivo perfectamente diseñadas para maximizar ingresos, se pretenda trasladar a las plantillas la lógica de la contención permanente. Hablamos de profesionales que sostienen uno de los motores fundamentales del consumo en nuestro país y de la vida urbana contemporánea. Personas que trabajan en horarios interminables, fines de semana, festivos y campañas comerciales cada vez más agresivas. Trabajadores y trabajadoras que hacen posible la cultura del consumo que el sistema capitalista y la publicidad han conseguido convertir casi en una forma de ocio colectivo.

Detrás de cada escaparate

Porque quizás la sociedad no siempre es plenamente consciente de lo que supone tener comercios abiertos prácticamente de manera continua. No hablamos únicamente de la posibilidad de comprar. Hablamos de una determinada concepción social del ocio y del tiempo libre. El llamado shopping se ha convertido desde hace años en una experiencia social, cultural y hasta emocional para millones de personas. Centros comerciales abiertos desde la mañana hasta la noche, sábados, domingos y festivos incluidos, que funcionan como espacios de encuentro, entretenimiento y consumo constante. Pero detrás de esa aparente normalidad hay miles de trabajadores y trabajadoras sosteniendo ese modelo con jornadas extremadamente exigentes y condiciones que, demasiadas veces, se sitúan por debajo de lo que merecen.

Personas que trabajan en horarios interminables, fines de semana, festivos y campañas comerciales cada vez más agresivas. Trabajadores y trabajadoras que sostienen la cultura del consumo que el sistema capitalista y la publicidad han conseguido convertir casi en una forma de ocio colectivo.

«Personas que trabajan en horarios interminables, fines de semana, festivos y campañas comerciales cada vez más agresivas; que sostienen la cultura del consumo que el sistema capitalista y la publicidad han conseguido convertir casi en una forma de ocio colectivo»

Por eso esta huelga trasciende el conflicto concreto de un convenio colectivo. Lo que está en juego es el modelo laboral que queremos construir para el futuro. Porque aceptar acuerdos insuficientes únicamente para preservar una apariencia de estabilidad termina debilitando la propia función de la negociación colectiva. Y cuando eso ocurre, quienes pierden son siempre los mismos: las personas trabajadoras.

El valor de la negociación colectiva

UGT seguirá negociando. Seguiremos sentándonos en las mesas. Seguiremos defendiendo acuerdos útiles y equilibrados. Pero negociar no implica aceptar sumisamente el estancamiento o el retroceso. Dialogar no equivale a legitimar recortes encubiertos bajo discursos de modernización empresarial. El sindicalismo tiene también la obligación ética de decir no cuando determinadas propuestas cruzan límites incompatibles con la dignidad laboral.

La huelga del 23 de mayo nace de esa idea. De la convicción de que todavía hay margen para hacer las cosas mejor. De la necesidad de recordar que los derechos laborales nunca fueron regalos empresariales, sino conquistas colectivas. Y de la certeza de que ninguna organización sindical –como las que han firmado este convenio del comercio textil– merece llamarse así si pierde la capacidad de plantarse cuando la situación lo exige.

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