No es una distopía novelesca. Tampoco se ha estrenado en cartelera porque no es una película de ciencia ficción. Pero podría serlo. Podría ser, de hecho, una de las imágenes más icónicas de la decadencia de Occidente, del agotamiento del sistema capitalista y, sobre todo, de la degradación definitiva de la llamada “cultura americana”. Hablo del espectáculo ultraviolento que se organizó el pasado domingo en la sede del Gobierno Federal de los Estados Unidos, la Casa Blanca.

Insisto, visualizar una especie de cúpula futurista, bañada por un estridente juego de luces y sonido y poblada por masas enfervorizadas ante la contemplación de un sangriento espectáculo de artes marciales mixtas —conocido como UFC—, con la estampa de la Casa Blanca al fondo, plenamente integrada en esa iconografía kitsch y hortera produce escalofríos. La arquitectura neoclásica del edificio gubernamental que durante décadas ha simbolizado la estabilidad institucional, la democracia liberal y la primacía de la política para el pueblo americano, trasmutó la noche del domingo en mero decorado de un espectáculo dantesco.

Estamos ante la representación visual de una especie de “fin de los tiempos”, de un mundo en el que las fronteras entre la política, el espectáculo y el negocio han desaparecido por completo.

Las imágenes, reproducidas en periódicos de todo el mundo, abriendo portadas impresas y digitales, poseen la fuerza simbólica del Tánatos (del pulsión de muerte, en contraposición al Eros, el instinto de vida). Es la representación visual de una especie de “fin de los tiempos”, de un mundo en el que las fronteras entre la política, el espectáculo y el negocio han desaparecido por completo. Al menos, es lo que me sugiere en mi condición de espectador perplejo.

Tánatos, o pulsión de muerte

No sé qué resulta más inquietante, golpear hasta reventar a tu adversario, o contemplar esa lucha desde las primeras filas, convertido en espectador privilegiado de un moderno circo romano. Y eso fue lo que hicieron el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y varios miembros de su Ejecutivo.

Esto no es boxeo, una disciplina que, pese a su dureza y sus contradicciones, posee una dimensión deportiva, técnica e incluso estética que lo distingue radicalmente de espectáculos extremos como la UFC. El boxeo está sometido a reglas, a una larga tradición deportiva (es deporte olímpico) y a una concepción del combate en la que inteligencia, ritmo, estrategia y dominio técnico desempeñan un papel tan importante como la fuerza física. La escritora Joyce Carol Oates, en su magnífico ensayo Del boxeo, describió esa dimensión estética del “noble arte” cuando escribió que «no hay combinación de golpes que sea natural, todo es estilo y todo talento debe desplegarse en la lucha».

La democracia en América ha degenerado en una forma contemporánea de cesarismo enloquecido. La imagen de la UFC en la Casa Blanca no es inquietante únicamente por lo que muestra, sino por lo que simboliza.

Nada de eso existe en la UFC. Allí desaparece buena parte de esa faceta estilística para dejar paso a una exhibición primitiva de fuerza, supervivencia y capacidad destructiva. El combate deja de ser una disciplina reglada que premia el talento técnico para aproximarse a una forma de violencia extrema en la que la ausencia de límites sitúa a los luchadores fuera de todo valor deportivo, al margen de cualquier ética en el combate. Estamos ante la metáfora visual que bien pudiera representar la forma de hacer política de Donald Trump. Todo es Tánatos.

La tiranía de los Césares

La decadencia de la “cultura americana” parece quedar visualmente condensada en las escenas de un espectáculo que evocan la decadencia del Imperio Romano, paradigma histórico de una civilización que, mientras acumulaba poder y riqueza, encontraba en la violencia como entretenimiento una forma de evasión colectiva. Como entonces, el pueblo contempla el combate de los gladiadores mientras las instituciones se corrompen y transforman en escenarios destinados al entretenimiento. Estamos ante la sustitución de la política por el espectáculo, del “pan y circo” para distraer a las masas ante los abusos de poder que han fracturado a la sociedad americana y dinamitado el frágil statu quo mundial. Y Trump lo ha hecho a su manera, sin complejos: prostituyendo la sede misma del poder ejecutivo de su país.

«No veo más que dos alternativas para las naciones democráticas: la libertad democrática o la tiranía de los Césares», escribió Alexis de Tocqueville en su obra más conocida, La democracia en América. Dos siglos después, contemplando la Casa Blanca convertida en siniestro circo y al presidente Trump ocupando el lugar que ocupaba el César en la República romana ante estos modernos gladiadores, la advertencia del pensador francés resulta premonitoria y perturbadora. Porque la democracia en América ha degenerado en una forma contemporánea de cesarismo enloquecido. La imagen de la UFC en la Casa Blanca no es inquietante únicamente por lo que muestra, sino por lo que simboliza. Estamos ante el retrato de una sociedad que ha perdido el norte y nos arrastra, sin rumbo ni consciencia, hacia las tinieblas de la historia.

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