Opinión

Marcos Ruiz Cercas | Dpto. Comunicación FeSMC-UGT

Marcos Ruiz Cercas | Dpto. Comunicación FeSMC-UGT

Cómo derrocar un Gobierno progresista

Los partidos nacionalistas no parecen una amenaza para España (o no en los términos apocalípticos que van definiendo ciertos grupos de presión en el discurso público, que no mayoritario). La verdadera amenaza la representan los que pretenden una involución histórica en derechos y libertades; una España de élites, tradicionalista, clasista, nacionalista y folclórica, que vende humo con retóricas vacías y gestos grandilocuentes.

*UGT no comparte, necesariamente, la opinión vertida en los artículos de opinión firmados y publicados en su web www.fesmcugt.org.

El otro día escuché al expresidente del Gobierno, Felipe González, en la entrevista que le realizó el periodista Carlos Alsina en Onda Cero. La escuchaba mientras conducía, circulando por una carretera excepcionalmente fluida por efecto de esta pandemia que nos tiene como sumergidos en una sensación de irrealidad. Y parece que esa sensación, la de irrealidad, caló también en mi percepción de lo que escuchaba. Sin embargo, era cierto: “el dinosaurio todavía estaba allí”.

El gurú

El señor González expresó su preocupación ante el abismo al que nos está llevando este Gobierno (socialcomunista, le faltó decir) y sus dos líderes: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Toda la entrevista destiló un tono casi académico, como si el profesor González nos iluminara desde su atalaya -también al entrevistador; nada que ver con ese Alsina incisivo, que incomoda, profesionalmente impertinente, en el mejor sentido de la palabra-, mostrándonos la realidad oculta que se nos escapa a nosotros, los hombres y mujeres progresistas, o de izquierdas, o librepensadores, que no tenemos la privilegiada visión analítica que surge al aroma de un buen habano de 15 euros la unidad y esa racionalidad que sólo se alcanza desde la contemplación de la realidad a través de los cristales tintados de un coche oficial.

“Gracias, expresidente, gracias”, deberíamos haber dicho los escuchantes -sí lo hicieron, hasta el empalago, los contertulios habituales del programa- que tuvimos el privilegio de impregnarnos por la sabiduría de quien, por ejemplo, reprochaba al presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, su liderazgo cesarista quizás sin recordar -por la lejanía del tiempo- que él mismo gobernó el PSOE -sin primarias, entonces- durante 23 años con mano de hierro, que ejecutaba Alfonso Guerra, otro de los que, ahora, entienden la lealtad hacia su partido como el sucio ejercicio de excretar sus pensamientos públicamente para juzgar -siempre mal- las acciones de gobierno de aquellos que, con mejor o peor fortuna, intentan comandar el país en uno de los momentos más dramáticos de su historia reciente.

¿España se rompe?

Al expresidente le preocupa España. Muestra su inquietud y la focaliza en el vicepresidente Iglesias porque “su estrategia es llevarnos a un estado plurinacional con derecho de autodeterminación, una estrategia que converge con Bildu y con Esquerra Republicana”. Y expulsa una lenta bocanada de denso humo habano, imagino… Y continúa: “España es un proyecto de futuro, un estado-nación que no va a permitir que se desguace, que se separe con supuestos derechos autodestructivos de autodeterminaciones”. ¿Y quien dice que vaya a desguazarse España, señor expresidente? ¿De verdad alguien cree, en el actual estado de cosas, que lo que nos preocupa a la mayoría de ciudadanos es, otra vez, que se rompa España? Ese discurso lo esgrime usted y toda la derecha de este país, huérfana de argumentos para hacer crítica constructiva y proponer soluciones a los problemas reales que preocupan a la ciudadanía. Esta perorata del “se rompe España” llevamos escuchándola desde hace décadas, y España ahí sigue: sin romperse.

Añade, además, que él no hubiera pactado con Otegi porque “contradice lo que yo creo que es un proyecto de España”. ¿Quién ha pactado con Otegi, señor González? Lo que hay es un partido político con representación parlamentaria que decide apoyar, con sus votos, y por decisión propia, los Presupuestos Generales del Estado presentados por el Gobierno. Una vez más, el escuchante es víctima de los marcos de referencia impuestos por aquellos que quieren derrocar al Gobierno, aunque para ello tengan que llevarse por delante la Democracia (no es la primera vez que esto sucede).

Los partidos nacionalistas no parecen una amenaza para España (o no en los términos apocalípticos que van definiendo ciertos grupos de presión en el discurso público, que no mayoritario), acaso un lastre para el progreso porque van hacia atrás, de vuelta a la tribu. La verdadera amenaza hoy la representan los que pretenden una involución histórica en derechos y libertades, una España de élites, tradicionalista, nacionalista y folclórica, que vende humo con retóricas vacías y gestos grandilocuentes pero elude una verdadera responsabilidad institucional porque carece de un programa de acción política acorde con los tiempos que vivimos, capaz de dar una respuesta real a un contexto volátil, complejo, de incertidumbre. Más allá de ideología -que ya es preocupante en sí misma: ese nacionalcatolicismo de ultraderecha con pinceladas obreristas de mala inspiración joseantoniana que pretende camuflar un clasismo que repudia todo lo que huela a pobre- es que no están capacitados.

Pues bien, sobre esto último, la amenaza de las ideologías de ultraderecha en España y en Europa, que están germinando como la mala hierba, el expresidente González ni una palabra, oiga. Pero ni una sola. Tampoco el entrevistador le preguntó, claro (supongo que eso no ayuda al orador).

Los problemas reales

En fin, terminé de escuchar la entrevista embriagado por esa doble sensación de irrealidad, de que parece que todo está un poco del revés en estos tiempos de pandemia: también las cabezas. Lo que sí me quedó claro, después de todo, es que somos agentes pasivos de un clima general de opinión -del que Felipe González es un exponente más- que tiene por objetivo deslegitimar a un Gobierno que, pese a algunos, funciona y está llevando a cabo su programa, que no se siente acomplejado para ejecutar políticas sociales que se atragantan en los gaznates de liberales y otros adoradores de la economía de mercado, que quieren reconstruir un Estado de bienestar y que, a pesar de sus ocasionales discrepancias en lo interno, han sabido encontrarse en un espacio común y compartido que trasciende el propio concepto de nación, de país, de España. Me refiero a las personas, a la sociedad, que por encima de banderas, ideologías y fronteras (muchas imaginarias) se sienten de un territorio emocional: el de los trabajadores y trabajadoras que tiran pa´lante como buenamente pueden. Algo parecido a esa idea de progresismo transversal que entiende la política como un instrumento más pragmático que dogmático. Y es que, si vamos a la esencia del problema y lo simplificamos, al final están los de abajo (que somos legión) y los de arriba (las élites extractivas) y cambiar ese statu quo desde la izquierda requiere despojarse de complejos y hacer política sin miedo al qué dirán y, sobre todo, queriendo servir al ciudadano, también en sus particularidades e individualidad, pero sin renunciar a la idea de que muchos compartimos algunos problemas, la misma incertidumbre y, también, parecidas ilusiones: más igualdad, más trabajo y más dignidad.