Opinión

José Varela | Responsable de digitalización en el trabajo de UGT

José Varela | Responsable de digitalización en el trabajo de UGT

Digitalización y desigualdad: analfabetismo del siglo XXI

Piensen por un momento que no saben usar el móvil, la tablet o el ordenador con el que están leyendo este texto. Intenten hacer un ejercicio de abstracción y traten de ponerse en el lugar de alguien con esas carencias digitales: no podría comunicarse con sus semejantes de la misma manera que está acostumbrado, ni informarse con la inmediatez y posibilidades que tiene en la actualidad, ni se organizaría la agenda como hasta ahora, tampoco podría operar con su banco de la misma forma, y así hasta un largo etcétera. La diferencia entre todo esto que usted es capaz de hacer y una persona que no, en un contexto social, económico y laboral tan sumamente tecnificado y sofisticado como en el que vivimos, se llama analfabetismo digital.

El analfabetismo original, aquel que se asociaba a no saber leer y escribir, representó una de las lacras sociales más severas, tenaces y difíciles de resolver de nuestra historia. Basten los siguientes datos: a principios de siglo XIX, el porcentaje de analfabetos en España rozaba el 94%. En 1841, este porcentaje se cifraba en un 76%. Sesenta años más tarde, solo se había conseguido reducir hasta el 64%. Sólo hasta mediados del siglo XX se logró bajar del 10%.

¿Cien años de retroceso?

Hoy, en plena frontera de la segunda década del siglo XXI, todavía existe un 18% de nuestra ciudadanía que nunca ha usado un ordenador y once millones de españoles y españolas no acredita ni una solo competencia informática (no saben abrir un archivo de texto o editar una foto, sin ir más lejos). En términos de alfabetización, entendiendo ésta como la que nos permite explotar todas las posibilidades intelectuales que tenemos a nuestro alcance, no es descabellado afirmar que hemos retrocedido cien años. En términos reales, una de cada tres personas que vemos por calle todos los días no tiene los conocimientos necesarios para consultar este texto.

Es posible que se intente justificar esta disonancia en las presuntas dificultades de ciertos colectivos para adaptarse a un cambio tecnológico tan acelerado y rupturista. Según esta teoría, la mayoría de los excluidos digitales tendrían un perfil semejante: personas ancianas y residentes en zonas rurales.

40% de los jóvenes: habilidades digitales básicas

Es innegable que, desde un punto de vista absoluto, la mayor parte de los analfabetos digitales presentan alguno de estos dos precursores (edad avanzada y hábitat rural). Pero cuando se analiza la parte cuantitativa, los datos son reveladores: aunque entre nuestros jóvenes (16-34 años) el acceso a Internet es universal (99%) y habitual (el 93% lo usa varias veces al día), un 40% de nuestra juventud no va más allá de unas habilidades digitales básicas, e incluso uno de cada seis no posee ninguna competencia relacionada con la informática. Ninguna.

Porque a la hora de hablar de “nativos digitales”, deberíamos distinguir entre dos aspectos esenciales: uso y aprovechamiento. Nuestra juventud usa mucho el móvil y el ordenador, pero que realmente lo aproveche es otro cantar.  Sí, nacen en un entorno digital, pero no crecen cultivando todo su potencial. Así, mientras el manejo de un procesador de textos es generalizado (supera el 70%), cuando se trata de desenvolverse con hojas de cálculo complejas, el porcentaje desciende al 40%; si se trata de cambiar la configuración de un programa, ya solo un 36% se siente capaz, y las posibilidades caen estrepitosamente cuando se trata de programar: sólo un 13% acredita conocimientos de codificación. Curiosamente, un 73% de los adolescentes entre 16 y 25 años sabe editar fotos y vídeos. En cuanto a servicios online, el ocio es preponderante (alrededor del 90% participa en redes sociales o escucha música), pero sólo un 17% usa su conexión para formarse. Trasladen este modelo de utilización a un futuro empleo, en donde la tecnificación marca la diferencia (sólo un 11% de las personas con alto grado de conocimientos digitales está en situación de desempleo).

Tenemos ante nosotros un escenario en el que conviven tres realidades formativas y sociolaborales sumamente dispares: los que no usan las nuevas tecnologías; los que las usan, pero no profundizan; y finalmente, aquellas personas que sí las explotan en todas sus dimensiones. Huelga decir el peligro que supone la convergencia de esos tres paradigmas en un mismo momentum histórico: disociación colectiva, mercados de trabajo desequilibrados, fragmentación en las rentas y el consumo, pero, sobre todo, aumento de la desigualdad social e incremento de la vulnerabilidad económica.

Soluciones al problema

Ante tamaño problema, ¿qué estamos haciendo? Poco, muy poco. El mundo de las nuevas tecnologías no acaba de entrar en nuestros centros educativos: menos de la mitad de los estudiantes españoles de secundaria usan un ordenador con fines lectivos; el tiempo medio que emplea en Internet en horas lectivas es menos de la mitad que el de un danés. En consecuencia, la confianza que demuestran los estudiantes españoles en sus competencias digitales es siempre inferior a las de sus vecinos europeos. En el mercado de trabajo, la situación es semejante: sólo un 6% de las personas trabajadoras españolas realizaron formación, pagada por su empleador, en informática. Las comparaciones son siempre odiosas, pero casi siempre necesarias: en Finlandia toda su población tiene a su disposición cursos de Inteligencia Artificial; Noruega incorporará este mismo otoño un innovador plan de habilidades digitales para todos sus alumnos de primaria y secundaria, que potenciará la programación como un elemento adyacente a la asignatura de matemáticas.

En este punto, siempre se siente la tentación de acudir a los tópicos: la necesidad de alcanzar Pactos de Estado sobre Educación, de reformar las políticas activas de empleo con medidas que impulsen la formación continua para el empleo… Sin embargo, al menos en un principio, deberíamos concentrar nuestras fuerzas en conocer la dimensión del desafío que tenemos enfrente.

Porque el analfabetismo digital es, sin matices, comparable al analfabetismo iletrado de siglos precedentes. Se trata de una de las formas de desigualdad más ominosas y difíciles de corregir. Por lo tanto, puede ser tan severa, persistente y difícil de resolver como aquella. Colectivamente, condiciona el devenir de una sociedad y el potencial de una economía; individualmente, determina nuestra base vital y nuestra forma de realizarnos. Y sí, de nuevo, la instrucción es la clave para solucionar este entuerto, porque formación y educación son siempre sinónimos de libertad de elección e igualdad de oportunidades.