Opinión

Marcos Ruiz Cercas | Dpto. de Comunicación FeSMC-UGT

Marcos Ruiz Cercas | Dpto. de Comunicación FeSMC-UGT

Fútbol, feminismo y lenguaje político

Estos días hemos tenido que escuchar, por parte de algunos representantes del Gobierno, respuestas difusas y evasivas ante la posibilidad de que la Supercopa de España de fútbol se juegue en un país no democrático que hasta el pasado año tenía vetado el acceso de la mujer a los campos de fútbol.

Recientemente, la ministra de Educación en funciones, y portavoz(a) del Gobierno, Isabel Ceelá, fue preguntada en rueda de prensa posterior al Consejo de Ministras y Ministros sobre la idoneidad de que un país no democrático que, además, no respeta los derechos de las mujeres -en referencia a Arabia Saudí, que hasta el pasado año tenía vetado el acceso de la mujer a los campos de fútbol- pueda ser el destino elegido por la federación española para celebrar la Supercopa. Con su didactismo habitual, la ministra -midiendo mucho sus palabras, recorriendo los meandros de la corrección política y evadiendo una respuesta directa, diáfana, clara- reconoció que “nosotros [el Gobierno] defendemos la igualdad de las mujeres y de los hombres y la igualdad de género, la llevamos en nuestro programa”, y concluyó: “Hay cuestiones todavía por resolver socialmente, mundialmente, globalmente, y ésa que usted apunta puede ser una”.

Pues muy bien, ministra, nos alegramos de que así sea (no podía ser de otra manera, oiga). Pero que el deporte nacional representado en una institución deportiva como la RFEF -que agudiza su decadencia con decisiones como esta- juegue una competición de primer nivel en un país que desprecia a la mujer y que no conoce el significado de la palabra democracia y libertad… de eso ¿qué? Explíquenoslo como si fuéramos niños de 5 años.

“Yo soy más de baloncesto”

Cuatro días después, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, respondió a la pregunta de la periodista Àngels Barceló (directora de Hoy por Hoy, Cadena SER) sobre la misma cuestión: “¿Si dependiera del Gobierno, la Supercopa de España de Fútbol se jugaría en Arabia Saudí?”. En su caso, la respuesta sí fue clara y directa: “El otro día nos preguntaron esto en la sala del Consejo de Ministros; la verdad, tengo que decirle que no tengo una opinión sobre ello, no lo sé”. Y remató así: “Yo tengo que decirle que soy más de baloncesto que de fútbol”. Sí, señoras y señores, compañeros y compañeras, el presidente del Gobierno de España -una democracia occidental y avanzada- responde así a una cuestión que trasciende lo deportivo, un asunto cuya intrahistoria no va de fútbol o baloncesto, no: va de que hay países donde se violan los derechos de las personas y se pisotea la dignidad de la mujer. De eso va. Y ante la oportunidad de manifestarse sobre esa cuestión, el principal representante político de nuestro país dice que él es más de baloncesto.

¿Hasta qué punto puede justificarse cierto uso del lenguaje en política cuando están en juego los intereses económicos de un país por su relación comercial y económica con otro? ¿Recuerdan la venta de armas a Arabia Saudí y cómo se retorció el lenguaje para justificar esa decisión? El entonces ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, llegó a decir que las bombas “inteligentes” que España vendía al país árabe no producían daños colaterales (en juego estaba un contrato multimillonario para la construcción de cinco corbetas en los astilleros de San Fernando, Cádiz).

¿Debemos exigir a nuestros políticos un mínimo de altura moral en el ejercicio de sus funciones y en la toma de decisiones? Parece, una vez más, que se impone la realpolitik (ese pragmatismo que prioriza el interés de un país al margen de cuestiones éticas o morales). Resulta especialmente hiriente que ese pragmatismo político se utilice en cuestiones tan sensibles como los derechos de las mujeres y la igualdad de género y que, ahondando en la herida, lo lleve a cabo un Gobierno socialista, que lleva en su ADN el feminismo.

De qué sirve ponerse detrás de una pancarta cada 8 de marzo, defender los principios del movimiento feminista que, por su naturaleza, transciende fronteras; luchar contra la violencia de género en tu país, censurar la desigualdad en lo social y lo laboral, denunciar la brecha salarial entre mujeres y hombres, si un día te preguntan sobre un asunto como el que nos ocupa y la respuesta va a pendular entre lo políticamente correcto y lo nauseabundo. ¿De qué sirve tanto “relato” y tanta “narrativa” si uno no es capaz de responder, a veces, desde la convicción y las entrañas en asuntos que incumben, directamente, a la dignidad de las personas? Porque de lo que sí estoy convencido es que tanto el presidente, como la ministra, como el Gobierno en pleno y el partido que lo sustenta son feministas, rechazan políticas como las de Arabia Saudí y defienden la igualdad entre mujeres y hombres. Entonces: ¿por qué no decirlo sin ambages? Ser un líder político no es incompatible con la expresión libre de tus más altas y dignas convicciones cuando éstas están avaladas por principios éticos indubitables, al margen de las consecuencias (que tampoco serán tan graves) que puedan derivarse por la altísima responsabilidad que asumes.