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OPINIÓN | SECTOR FINANCIERO

Los trabajadores del sector financiero nunca hemos sido privilegiados

19/01/2017 | Roberto Tornamira | Secretario federal sector Financiero, Seguros y Oficinas FeSMC-UGT

No debemos aceptar los estereotipos que se instalan peyorativamente contra los trabajadores y las trabajadoras: en banca y cajas de ahorro, ni son ni han sido privilegiados.

Menos aún aceptamos que se falsee la realidad. No se puede decir, al menos no sin faltar a la verdad, que la sede central de Caixabank en Barcelona “se ha convertido en un refugio para empleados incapaces de afrontar las nuevas exigencias de su trabajo”; “Directores y subdirectores (…) que ahora se dedican a ensobrar cartas en un escritorio olvidado…” como dice David Brunat, en su artículo “Depresiones, fármacos y amenazas: así es hoy trabajar en una sucursal bancaria”, publicado el pasado día 18 de enero en El Confidencial.

Los trabajadores de los servicios centrales y/o de la red de sucursales de una entidad financiera son profesionales altamente preparados, que no “manejan el cotarro”; en todo caso, cumplen con su trabajo tal como llega organizado desde la alta Dirección hacia abajo, como en cualquier otro sector o empresa, sea de la actividad que sea.

Decir que “Mucha gente que empezó en esto hace años lo pasa fatal cuando tiene que hacer una llamada. No saben cómo vender un producto”, o que “no todo el mundo sabe (ni quiere) abandonar la plácida rutina de la caja para lanzarse al frenesí de seducir al cliente”, es sencillamente falso y una falta de respeto a los trabajadores de este sector.

En el sector financiero –banca y ahorro- estamos sometidos a los cambios propios de los tiempos que nos han tocado vivir, como cualquier otro sector, independientemente de la forma que adopte en cada caso: desregulación horaria, presión, miedo ante la incertidumbre, cabreo de los clientes, etc.

Claro que la digitalización está destruyendo empleo que se realiza en las sucursales, como está ocurriendo en sectores como la prensa escrita, en el que muchos lectores se informan a través de los periódicos digitales (desgraciadamente, pues es un factor de destrucción de empleo en los sectores en los que se digitaliza o se robotiza). Pero no por inadaptación o ineficacia de los trabajadores del sector. Es el problema de la aplicación de las nuevas tecnologías con el único objetivo de abaratar costes laborales, sin que los beneficios extra generados repercutan, por ejemplo, vía impuestos, en la creación de otros posibles nichos de empleo. Es un debate que hay que abordar, sin demora.

Cuando se ha hecho público que el coste de la “reestructuración de las cajas” para el erario público asciende, de momento, a 41.786 millones de euros, desde UGT hemos puesto de manifiesto que también se han destruido 80.000 puestos de trabajo y se han cerrado en torno a 14.500 oficinas. El coste público también es social, no es solo económico; pero no porque las oficinas bancarias se hayan convertido “locales prescindibles”; bien lo saben los más de 3 millones de ciudadanos residentes en pequeñas poblaciones en las que han desaparecido la oficina bancaria y se ven sometidos a largos desplazamientos para disponer de efectivo, pues, aún, el móvil o la impresora no emiten efectivo.

A este respecto hay que decir que no somos el país europeo con mayor número de oficinas ni de empleados en el sector Financiero. Con datos de 2014 (Fuente: Structural indicators for the EU Banking Sector-2015), España contaba con 31.999 oficinas, frente a las 37.623 de Francia o las 35.284 de Alemania. Tampoco en número de empleados –utilizando la misma fuente y a la misma fecha-, España contaba con 261.389 trabajadores, frente a los 412.933 de Francia y los 667.900 de Alemania.

Por otra parte, en el artículo aludido, se criminaliza gratuitamente a los trabajadores y trabajadoras al exonerar a los directivos de la culpa de la situación de mala reputación de las entidades, como si los empleados tuviesen la capacidad de modificar un producto o sus condiciones. Lo que resulta del todo inaceptable es decir: “Sabías que al cliente le iba a salir mal, pero al banco eso le dejaba unas comisiones muy buenas. Y tenías que meterlo entre los papeles para que el cliente firmara”. Son barbaridades como esta lo que provoca las iras de los clientes, soportadas por los trabajadores: solamente recordar el asesinato del director de la oficina de Caixabank en La Solana (Ciudad Real), que tuvo lugar el 23 de noviembre pasado. Una injusticia y un drama concreto, que tristemente vio la luz mediática por haberse saldado con la muerte del compañero. Son muchas las situaciones de violencia física y verbal que sufren los trabajadores y trabajadoras en el día a día, particularmente de la red de oficinas, por parte de clientes que piensan equivocadamente que es el trabajador quien diseña los productos financieros.

Si es correcto decir que es un sector, el financiero, con altos índices de estrés. El mismo miércoles 18 de enero, desde el Sindicato Sectorial Financiero de FeSMC-UGT hemos lanzado una circular informativa sobre el impacto de los “riesgos laborales: infartos y derrames cerebrales”, en la que cuantificamos que de las 509 trabajadores muertos en el trabajo en 2016, 184 (36,15%) fallecieron por infarto o derrame cerebral; estas son solo las reconocidas en relación con el trabajo. Cabe recordar que en la encuesta que el Sindicato Sectorial Financiero de UGT realizó en 2014, el 68% de los trabajadores encuestados manifestó estar sometidos a un “alto nivel de estrés”. Y tengo que decir que las evaluaciones de riesgos psicosociales, que son obligatorias por ley, o no se hacen o se realizan deficientemente. Hechos que desde UGT venimos denunciando.

El alto nivel de estrés tiene su origen, por tanto, en diversos factores: presión, tanto de los directivos, por alcanzar los objetivos marcados, como de los clientes, al ser el trabajador el receptor de sus quejas e iras; desregulación de la jornada, asunto al que habría que dedicar un artículo monográfico, con la consiguiente imposibilidad de conciliación y disfrute del tiempo de ocio y descanso; incertidumbre ante la permanente destrucción de empleo y el deterioro de las condiciones de trabajo, entre otras.

En todo caso, nada que ver con una incapacidad, o actitud negativa de los profesionales del sector, quienes tampoco son trabajadores “cebados a base de trienios” ni “prejubilados de oro”.

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