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OPINIÓN | EL DIVÁN

Los restos del naufragio

02/02/2017 | Marcos Ruiz Cercas | Área de comunicación FeSMC-UGT

La izquierda, en España, no termina de resolver su incomprensible pulsión autodestructiva. En el binomio Eros-Tánatos, el instinto de muerte ha fagocitado al instinto de vida y monopoliza la dinámica orgánica de los dos partidos de referencia para el votante progresista. Parece evidente que de seguir sumidos en las luchas fratricidas (PSOE contra PSOE, Podemos contra Podemos, y ambos con recíproco desprecio, uno contra el otro, por revelarse como el primer partido de la izquierda en España), los ciudadanos tendremos que soportar durante décadas gobiernos conservadores y políticas económicas que seguirán profundizando la desigualdad en el reparto de la riqueza colectivamente producida.

El liderazgo en política es un elemento estratégico para conectar con la opinión pública, pero como en tantos ámbitos de la vida, el hiperliderazgo o la hipertrofia del ego de quien asume la máxima representación orgánica dentro de un partido político, puede terminar derivando en una especie de mesianismo que termine por diluir ideas, programa y partido para enmarcar, tan sólo, la voluntad de poder del Superhombre (en terminología de Friedrich Nietzsche). En este sentido, me parece certera la definición del concepto que ofrece Wikipedia y su traslación al asunto que nos ocupa: “[Superhombre es la] persona capaz de generar su propio sistema de valores identificando como bueno todo lo que procede de su genuina voluntad de poder”.

Creo que en los citados partidos (PSOE y Podemos) lo que subyace, tras proyectos programáticos y sustratos ideológicos, es la voluntad de poder de cada uno de sus líderes en el peor sentido del término nietzscheano. Si a esto añadimos otro concepto del filósofo germano como el “eterno retorno”, entendido como la reafirmación de la propia vida individual y cada una de sus decisiones, estamos ante una explicación filosófica del problema que aqueja a Podemos y al PSOE. Poder y empecinamiento: querer alcanzar el liderazgo del partido (o perpetuarse en él) reafirmándose en estrategias erróneas que erosionan la propia Organización (especialmente en credibilidad y reputación), frustran a sus militantes y desmotivan a los votantes.

Distinguir entre lo urgente y lo importante es una buena manera de aplicar cierto pragmatismo ante situaciones límite. Con un mundo sumido en la incertidumbre y el desasosiego ante un panorama sociopolítico inquietante en el que la los populismos, la intolerancia, el nacionalismo, el proteccionismo y la desigualdad se configuran como pilares de un nuevo orden mundial profundamente injusto, es imperativo que esa izquierda atomizada aplace lo importante y aborde lo urgente: diálogo, unidad de acción y liderazgos corales para recuperar el espacio perdido. La irrelevancia política y social es la próxima –y última– estación del camino emprendido por los partidos de izquierda.

Utilizando el símil del periodista y analista político José Antonio Zarzalejos sobre el efecto bajamar en referencia a la crisis económica (“cuando se retira la marea, quedan sobre la arena mojada los restos del naufragio”), cabe preguntarse qué quedará tras la confrontación intrapartidista que mantendrán en Podemos y el PSOE los distintos candidatos, inmersos en un proceso desgarrador que alumbrará al amo y señor –en cada caso– de una organización hecha trizas. Los restos del naufragio político de Podemos y PSOE serán el patrimonio legítimo de cada uno de sus líderes y nadie podrá discutirles un hecho cierto: que se lo han ganado a pulso.

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