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OPINIÓN | EL DIVÁN

Comunicación sin discurso: fuegos de artificio

10/01/2018 | Marcos Ruiz Cercas | Área de comunicación FeSMC-UGT

La atomización del tiempo es una de las razones de nuestra dispersión mental y pérdida de atención sobre el instante presente, el aquí y el ahora. Dicho en palabras del filósofo Byun Chul-Han “el presente se reduce a picos de actualidad” que, en la mayoría de los casos, tienen una vida media de 24 horas  (sólo hay que sumergirse en la información diaria que difunden los medios para certificar esta afirmación), lo que nos lleva a no profundizar en nada, a percibir impactos que son “píldoras” informativas (memes, en el sentido técnico del término: unidad mínima de información significativa). Tiempo fragmentario, simultaneidad –permanente inmersión en el modo multitarea– y dispersión: así se configura la percepción del individuo de nuestra época. En semejante estado, ¿quién tiene capacidad para reflexionar sobre lo que nos está pasando a los trabajadores, sobre el proceso de involución al que estamos siendo sometidos? Creemos que se puede cambiar el actual estado de cosas desde la pantalla de nuestro smartphone pero lo cierto, como señala el sociólogo César Rendueles, es que “nuestras esperanzas ciberutópicas han nacido muertas”.

Redes sociales y demás canales de comunicación son instrumentos para la acción ciudadana en la medida que contribuyen a su auto-organización, a su información pero, también, a su motivación; sin embargo, no son un fin en sí mismo, no son una acción real sino un aldabonazo virtual que genera un caldo de cultivo para pasar de lo potencial a lo factual. El ciberactivismo puede ser un instrumento válido para generar un clima de opinión en nuestra audiencia, pero debe producirse un salto entre esa fase inicial, embrionaria, y la acción.

Comportamiento de masa y redes sociales

Uno de los problemas que impiden una reacción social contundente –al menos de los trabajadores y las trabajadoras, ciudadanos todos, que se sienten vinculados por una realidad común y precaria– es la creencia de que desde el universo virtual de la red puede articularse una respuesta social: error. Creen (creemos) que las teorías de Elias Canetti sobre el comportamiento de las masas –magistralmente expuestas en su libro “Masa y poder” (1960)– pueden ser de aplicación al comportamiento del enjambre cibernético, de la muchedumbre dispersa que pulula por las redes, que pasa por allí, reacciona con un “me gusta” o un “retuit”, y sigue en su deambular errático por el panóptico digital hacia la siguiente campañita, acción o revolución virtual.

Sin embargo, la masa necesita ser real para poder actuar. En este sentido, la densidad de la masa puede alimentarse desde las redes sociales y es ahí donde cabe reconocer su utilidad como generadoras del cambio, como combustible que alimenta el momento de la “descarga” (en terminología de Canetti), ese instante en el que todos los integrantes de la masa se despojan de diferencias y se sienten como iguales ante un agravio concreto o una acumulación de despropósitos en una sociedad jerarquizada (como la nuestra).

15-M: parecía que sí…

“Ya tuvimos el 15-M”, podrá decirse con razón y en respuesta a los argumentos anteriores y el papel desempeñado por las tecnologías de la información y la comunicación. Sin embargo, no es suficiente con una eclosión social que alumbró cambios reales en el corto plazo pero no ha sabido mantener un discurso ilusionante, propositivo y dirigido a una mayoría social en su posterior fase de consolidación.

La sociedad post15M no difiere mucho en la esencia de sus problemas respecto a la situación previa a aquel acontecimiento. La precariedad vital en la que permanece enquistada una parte muy considerable de la ciudadanía, la pérdida de derechos, el deterioro de los servicios sociales y la deconstrucción del Estado de bienestar han seguido produciéndose sin demasiadas trabas. Por tanto, no nos engañemos: el 15-M, como fenómeno social de cambio, no ha cumplido con sus expectativas; el tiempo ha jugado en su contra y la estrategia fallida de quienes se consideraron hijos políticos de aquel movimiento ha tenido mucho que ver en el desencanto presente. Lo nuevo, lo moderno, ha sido sepultado por lo viejo, lo ya conocido (recordado). El discurso remozado de una izquierda obsoleta (revolucionaria), arropado con el hábil manejo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, no ha servido para seducir a una mayoría de hombres y mujeres que se sienten pisoteados, inermes y ajenos a una realidad tramposa impuesta desde el consenso mediático y económico. Se sienten alejados de los mensajes excesivamente beligerantes, pero podrían ser permeables a propuestas de cambio revolucionarias conceptualmente pero realistas y factibles desde los cauces democráticos (izquierda reformista).

Esto quiere decir que por muy sofisticadas que sean las herramientas de comunicación, si el discurso (el relato, la narrativa) no es capaz de conectar con la gente, de persuadirles, el globo irá perdiendo aire hasta deshincharse. Quizás porque no se puede hacer política, permanentemente, en clave subversiva: hace falta ilusionar con propuestas desde la denuncia, generar expectativas sin edulcorar el mensaje y trascender el liderazgo político en redes sociales para materializarlo en unas elecciones. Lo expresó gráficamente el cómico Héctor de Miguel (Quequé), en una reciente entrevista, al reconocer que “si se votase en Twitter ganaría el PACMA, pero en la vida real tienes que convencer a toda esa gente tan de postureo de que sea igual en las urnas”.

Por tanto, volvamos al principio, al origen, para reconfigurar ese discurso fallido y renovar una imagen que, en realidad, no necesita renovación sino despojarse de los ropajes viejos que ocultaron la desnudez de lo primigenio, la fuerza de la piel en contacto directo con la gente.

 

 

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