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"Mujer y hombre son las dos caras de una misma moneda: la del progreso humano"

"Cómo hubiera sido la Historia si las mujeres hubieran tomado las grandes decisiones, liderado distintos movimientos sociales, estado al frente de los ejércitos, las fábricas, los gobiernos…"

Erradicar la pobreza
ARTÍCULO DE OPINIÓN | 8 DE MARZO | DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Cambiemos las tradiciones, dinamitemos la cultura del patriarcado

05/03/2018 | M. A. Cilleros | Secretario General de FeSMC-UGT

El autor reflexiona (y se interroga) sobre las causas que, históricamente, nos han llevado a construir una sociedad machista en la que la desigualdad de la mujer respecto del hombre ha roto cualquier posibilidad de progreso y, sobre todo, ha impedido a la humanidad alcanzar metas que, seguro, podrían haber sido más ambiciosas si la participación conjunta y en calidad de iguales entre ellas y ellos hubiera sido uno de los motores de nuestro devenir histórico.   

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Me pregunto cuántas mujeres, en nuestro país, sienten que su salario está por debajo del trabajo que realizan, que su responsabilidad diaria se ve complementada vaya usted a saber por qué, quizás por el peso de la cultura y la tradición con una sobrecarga de tareas domésticas y familiares en lo cotidiano. ¿Por qué el hombre se cree mejor cuando afirma, satisfecho, que “ayuda” en casa, como si fuera un deber subsumido a la obligación de la mujer? Quien así se exprese es, sin duda, un hombre del pasado, de otro tiempo. Y es que estamos ante una de las cuestiones que no terminan de entenderse: no se trata de ayudar a la mujer sino de participar de manera conjunta y equitativa en todas las tareas que se derivan de la vida cotidiana. Pero esto es tan solo un ejemplo –no tan anecdótico– de un problema mucho mayor.

La cultura heredada por generaciones es el principal lastre que nos impide, como sociedad, equiparar a las mujeres en derechos respecto a los hombres. Difícilmente va a cambiar el concepto de convivencia que tenemos hoy, mientras las nuevas generaciones, los niños, niñas y adolescentes que van a escuelas e institutos, no tengan asumido que la libertad del individuo y sus derechos son una cuestión independiente del género.

Respecto a determinadas profesiones u oficios muy masculinizados, y sin pretender caer en la demagogia, es evidente que se debe realizar un esfuerzo para facilitar el acceso de la mujer a los mismos. Sinceramente ¿alguien piensa, en pleno siglo XXI, que una mujer no conducirá un taxi o un autobús o un camión igual, o mejor, que un hombre? Ciertas profesiones pueden y deben resultar atractivas para que las mujeres decidan acceder a ellas. Si no lo hacen es, en no pocas ocasiones, por la dificultad para conciliar vida personal y familiar.

Sigo interrogándome sobre cuestiones culturales y lamento llegar a una conclusión: la tradición cultural mediterránea, o latina, es esencialmente machista. Es evidente que en algunos países europeos, especialmente en el clásico ejemplo nórdico, la mujer goza de un respeto social e institucional que no es superior al del hombre, pero tampoco inferior. Pero no son muy distintos a los latinos en otros aspectos que condicionan la igualdad entre mujeres y hombres. En este sentido, y para corregir los lastres culturales, es prioritario legislar para que las mujeres ocupen puestos de responsabilidad y mando en empresas, instituciones, organismos; perciban salarios justos en función de su valía profesional; lideren movimientos, se erijan en referentes (culturales, políticos, intelectuales) y se reivindiquen personal y profesionalmente amparadas por la ley. Todo lo contrario a lo que dijo el presidente Rajoy (“no entremos ahí…”): hay que entrar a saco y con las leyes en la mano.

Un mundo de hombres

 “It´s a man´s world”, dice un clásico musical de James Brown, pero nada más lejos de la realidad. La polarización de roles de género –fuerte/débil, pragmático/sensible, impositivo/sumisa, decidido/ insegura– nos ha llevado a aceptar que el mundo se rige por una serie de valores y normas en las que el hombre se desenvolverá con mejores resultados: como si no hubiera mujeres impositivas, seguras, pragmáticas y fuertes (tanto en lo físico como en el aspecto emocional). Por tanto, el mundo de hombres que nos canta James Brown es un mundo impregnado por el machismo.

No necesitamos un mundo de opuestos, menos aún en condiciones de inequidad o desequilibrio para una de las partes. Necesitamos un mundo de personas y mientras no seamos capaces de entender esto, no dispondremos de la arquitectura mental adecuada para construir, conceptualmente, que mujer y hombre son distintos a la par que iguales. Son las dos caras de una misma moneda: la del progreso humano.  

Os habéis preguntado qué hubiera sido de la historia de la humanidad, cómo se hubiera desarrollado, si se hubieran invertido los papeles, si las mujeres hubieran tomado las grandes decisiones, liderado distintos movimientos sociales, estado al frente de los ejércitos, las fábricas, los gobiernos… Estoy convencido que la historia se hubiera escrito de otra manera –menos cruenta, menos injusta, seguro–  pero no hubiéramos alcanzado la excelencia: ésa sólo llegará desde la participación conjunta de ellas y ellos en todos los escenarios de la historia. La polarización de roles de género ha sido nefasta para las aspiraciones de la mujer. Si hubieran participado en el devenir de la historia en igualdad de condiciones, derechos y protagonismo, el nivel de progreso hubiera sido supinamente mayor y, en consecuencia, el grado de bienestar social.

En definitiva, este es un mundo de mujeres y hombres (sin exclusión ni confrontación), por lo que cualquier desequilibrio social, económico, político o, incluso, conceptual, rompe la lógica del progreso: no hay progreso sin igualdad. No hay futuro si no entendemos, definitivamente, que a nuestros nietos y nietas, hijos e hijas, debemos inocularles, desde la infancia, que no existen diferencias en el trato, en derechos, en libertades, en respeto recíproco entre él y ella. Desde el presente podremos cambiar el futuro: dinamitemos hoy la cultura del patriarcado y,  sobre sus cenizas, construyamos nuevas tradiciones –sostenidas en la igualdad– que hagan del 8 de marzo un día de celebración, no de reivindicación: será el mejor síntoma de que las cosas han cambiado. Hasta entonces, queda mucho por hacer.

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